P.S.


Conozco una mujer en cuya piel se dibujan bosques de olivos.
Tiene ojos de quien ve erguirse siglos y civilizaciones,
y una sonrisa de quien justo acabó de llegar.
Como quien no quiere nada, inquietas mariposas en sus tobillos salpimentan mis días.

Ella no lo sabe, pero esa tarde ha paseado conmigo por la Rue des Solitaires,
y -por primera vez en un par de meses- no he estado sola.