Los seres humanos lidamos con lo abstracto de maneras muy curiosas. El desamor nos provoca ingerir chocolate en proporciones excesivas (como si quisieramos rellenar con dulce el vacío que sentimos), estar frente a la muerte nos cambia la vida, la angustia de la espera nos asesina el sueño por días.
Hace poco, luego de reciprocidades, me muestra Rodrigo una fotografía peculiar. Libre de connotaciones poéticas a sus actos (como después me diría), y con quién sabe cuántos tragos encima, apoyaba el cuerpo contra una puerta. Había puesto el saco del terno del otro lado de la puerta, cubriendo la rendija(para tapar todo resquicio), y no quitaba el dedo índice de la herradura. Algún amigo, quedando algo lúcido luego de la farra, habría decidido inmortalizar el momento.
Hace poco, luego de reciprocidades, me muestra Rodrigo una fotografía peculiar. Libre de connotaciones poéticas a sus actos (como después me diría), y con quién sabe cuántos tragos encima, apoyaba el cuerpo contra una puerta. Había puesto el saco del terno del otro lado de la puerta, cubriendo la rendija(para tapar todo resquicio), y no quitaba el dedo índice de la herradura. Algún amigo, quedando algo lúcido luego de la farra, habría decidido inmortalizar el momento.
Yo, con mi falta de iluminación y patético cubismo espiritual, no acerté a adivinar qué hacía él en la imagen. Luego de varias estipulaciones fallidas, me confiesa:
"Trataba -en mi borrachera- de evitar que se esfumara un recuerdo."

